domingo, 6 de abril de 2008

Siempre me sentí un gato ajeno...



Siempre me sentí un gato ajeno....


O más bien un perro. Eso es, un perrito adoptado!

Aunque eso fuera harto improbable y estrictamente imposible...más que nada porque heredé la dentadura peculiarmente desordenada de papá -incluido un diente de más como regalo adicional- y el exotismo con carácter de los rasgos de mi abuela. Vi fotos antiguas de cuando ella tendría unos  veintipico, (aunque aparenta treinta y tantos; es lo que tiene vivir una guerra y empezar a trabajar a los seis años) y era una belleza oscura, moruna. 


La mujer de la fotografía tiene una mirada penetrante y sostiene una pequeñuela que es -era- mi madre de pie en su regazo. La pequeña posee enormes ojos que abre como si quisiera retener el mundo en sus pupilas, oscuras y límpidas, y un negrísimo pelo cortado a lo Valentina.  Sus hermanas, las que serían luego mis tías,  tienen también esa mirada algo picassiana, heredada sin duda de mi abuelo, pero en versión clara, rubia, y posan de pie al lado de mi abuela. La abuela lleva merceditas, merceditas de tacón grueso.


Mis zapatos preferidos. 


Desde niña siempre me sentí fascinada por las merceditas de todos los tipos y condiciones imaginables: las tuve de comunión, de charol brillante, de tacón, de ante, con lacitos, bailarinas.  Siempre mis merceditas.


Todas las mujeres están posando con un fondo artificial detrás que finge una extraña y clásica arquitectura con jardines versallescos...y todas, todas calzan merceditas.

Las niñas con calcetines. La joven atractiva y algo cansada, con medias.


La foto es tan antigua que está maltrecha, carcomida por el tiempo, las lluvias, nevadas, calores, fiebres, enfermedades existentes o imaginarias y suspiros que se oyeron y respiraron a lo largo todos esos años. Enfermedades erradicadas, inundaciones que han pasado a la historia.


Tiempo después encontré esa foto (¿con que técnica se tomó?) y yo misma fotografié la antigua instantánea. Paradoja. 

Las positivé en un laboratorio compartido, un bonito laboratorio que disponía de todo lo que uno podía necesitar a tal efecto. Con sus bandejitas , ampliadoras, su zona seca y su zona húmeda.

Íbamos con Juan a ampliar fotos. Nos reíamos. Juan me hacía reír.

Le perdí la pista,  a Juan digo. Tampoco tengo su número de teléfono ya que perdí mi agenda de teléfonos -y con ella, mis recuerdos- en Turquía, en Avanos, durante un aciago y triste día de agosto.

Tampoco recuerdo su apellido. Solo que me sacaba unos cinco años y que le gustaba navegar.

Recuerdo que Juan, cuando vio subir la foto y aparecer como por arte de magia la imagen de la abuela a la superficie, congelada joven para siempre, mientras yo movía la bandeja con líquido, dijo que era una mujer muy guapa.


Mi abuela,

con sus merceditas,

sus niñas

y su belleza moruna.


Siempre me sentí un gato ajeno, excepto cuando vi esa foto de la abuela;

me reconocí en su mirada,

y en sus zapatos.


2 comentarios:

RIB dijo...

zapatos,zapatos y más zapatos...zapatos rojos,zapatos con tacos,zapatos de piel,de goma,zapatos con lacitos,a rayas...zapatos gastados,tirados en el suelo,abandonados después de una noche de juerga...
....
ellos,los zapatos de la abuela siguen ahí, como si el tiempo se hubiera parado, como si todas las lluvias,vientos y enfermedades aún estuvieran por venir...
...
....y el gato
...
...pasa seseando ajeno a tal espectáculo.

lin dijo...

és bo de tant en tant retrobar la nostra història familiar, últimament també estic "en ello"!

per si t'interessa:
JOAN BROSSA (1919-1998) 10 ANYS DESPRÉS
dijous 17 d'abril a les 19 h
biblioteca jaume fuster.

;)